Saturday, March 18, 2006

EL ENCIERRO POR EL LENTE DE THELMA P.









GRACIAS

Friday, March 17, 2006

“Por más ligera que parezca, la ropa nos hace prisioneros. A la vez, nuestra piel es una forma de vestirnos” (El hombre desnudo)

El tamaño de una celda

Vivimos en sociedades donde estamos acostumbrados a encerrar quién sabe donde a todo aquello que nos molesta, o que contraviene a nuestros intereses. Pero quién pone la celda, quién decide el tamaño de la misma, acaso las prisiones que conocemos con muros y jaulas son las únicas que existen, o hay otro tipo de prisión.

La prisión es el olvido, Foucault dice que el objetivo de las prisiones no es reformar a nadie, es más, mientras menos alternativas tenga el preso mejor, lo guardamos en un cajón hasta que lo necesitamos otra vez.

Cuántas celdas impusiste hoy, a cuántos haz guardado hasta nuevo aviso y a cuántos condenaste a cadena perpetua o a la pena capital. Si fuéramos capaces de darnos cuenta de esto seríamos entonces capaces de encontrar el tamaño de nuestra celda y de reconocer el rostro de nuestro guardia, el olor de los muros silenciosos y fríos, el sonido del compañero de cuarto, nuestro espacio.


Estamos condenados eternamente por los demás, si bien no tenemos que sufrir castigos físicos o materiales sí sufrimos la imposición de normas, el acceso limitado a cierta cantidad de espacios y situaciones, encerrados quizá en una forma de vida, a quién le conviene que cambiemos, mejor tenernos checados y vigilados en lo que hacemos y cuando se nos necesite se nos llamará, mientras tanto la espera; interminable sombra que oscurece las tardes, que tranquiliza los ánimos, que ensordece.

Las prisiones existen, al igual que los prisioneros, los guardias, los juicios. Una forma de manifestación de todo esto son las rejas y por otro lado la libertad, pero ésta se pierde no sólo con la imposición de un candado, las condenas van mucho más allá y pueden enjaular a toda una población sin que se de cuenta.

La única forma de determinar quienes pueden decidir sobre la pena o el castigo de uno es el ejercicio del poder. Todos lo tenemos, en veces más en otras menos, todos encarcelamos a muchos o pocos, todos condenamos y nos condenan. La única diferencia es cuántos y quiénes nos condenan, a qué celda, y con cuál compañero. Sólo es cuestión de tiempo para encontrar nuestra reja y cuando menos lo esperemos encontraremos de frente a nuestro semejante.

Sunday, March 12, 2006

ENCIERRO EN IMAGENES













EL PÁJARO.

Se metió un pájaro en mi cabeza.
Sus aleteos desordenan mis ideas,
modifican mi memorias.
Mis preocupaciones se olvidan,
se van las viejas y llegan las nuevas,
Lo mismo pasa con los recuerdos,
los rostros y los nombres se revuelven.
Las palabras, los pensamientos y
las posturas se hacen uno.

Una amalgama cerebral se modifica.
Cada segundo la completa persepción mundial
se abstrae, se hace cósmica y se contrae.
Cada contraccíon anula una abstraccíon.
El cosmo pierde grandeza, pierde profundidad.
El cosmo pierde sentido.
El sentido deja de ser cósmico.

Sólo podemos ver hacia arriba.
Sólo podemos ir hacia arriba.
Sólo podemos desear hacia arriba.
Sólo podemos soñar hacia arriba.

Despierta, bestia, despierta que te matan.
Despierta y corre ahora que puedes.
No mires hacia atrás, ignora los golpes.
Ignora a tus perseguidores.
No pienses en ellos, pronto se van a cansar.

El cansancio, el olvido.
Tarde o temprano llegan.

El pájaro choca con las paredes de mi craneo.
De un lado a otro clava su pico, intenta escapar.
El espacio es muy pequeño. Sus alas son muy grandes,
Su pico es muy filoso. Mi craneo es muy resistente.




MEDITACIÓN.

Una silueta delgada, alta.
Pesado vestido de bronce.
Color negro deslavado,
Como si el tiempo se hubiera ensañado con ella.

Un espacio reducido, casi extinto.
La nada a su alrededor.
Sonido similar al de un enjambre de abejas.
Su mirada oculta bajo la capucha,
observa el horizonte acercándose.
Siempre a su alrededor, cada vez más.
Movimientos sutiles, discretos y silenciosos.

Observa y medita,
así se le van los días.
De noche, intenta descansar.
Rígida, mirando hacia el sureste.

Tan poderosa, tan fuerte, tan estóica.
Perfecta, inmutable figura,
constantemente presente.
Imperturbable.
Inválida pieza decorativa.


HELADO DE CAFÉ O CAFÉ HELADO.

Fue en el momento de apretar el número 5 en el ascensor del 906 de la calle Calles. Entraba ahí todos los días, menos los lunes y los miércoles. Trabajaba en una heladería de la calle de enfrente. El de café es el favorito de la delgada mujer de la oficina 3 en el piso 5. Se fijó en su dedo indice de la mano derecha. Se había convertido en un cuadrado quizá un rectángulo. Nada de curvatura en la punta.
Todavía no se reponía del asombro cuando perdió la flexibilidad del mismo dedo. La puerta del elevador se cerro.

Sacudía la mano afectada mientras movía la cabeza de un lado a otro. Con la izquierda seguía sosteniendo un vaso de unicel, le quemaba un poco pero dados los acontecimientos no se preocupaba mucho por ese lado de sus extremidades.
En el primer piso, aquel cubo metálico, interrumpió su ascenso por un instante por lo que él y el helado dieran un pequeño brinco. La bebida se escurrió por uno de los costados del vaso y distrajo su atención por uno o dos segundo. Al ver que en general el cono estaba bien regreso la mirada para encontrarse con que su dedo meñique se había convertido en, aunque más pequeño, otro rectángulo. Sin curva en la punta y unos segundos después, sin flexibilidad.

En el segundo piso pasó exactamente lo mismo. Esta vez fue el gordo. Con atención pudo ver como perdía su forma regordeta e inmóvil. En el tercero perdió el anular. Pateó la puerta varias veces y en el ajetréo dejó caer al suelo otro chorro de café, resbaló y casi se cae. Asombrosamente pudo mantenerse de pie y no perder ni una gota más. Se recuperaba del insidente cuando el medio se volvió rectángulo. Era el cuarto piso.

Su mano no le servía de nada, absolutamente de nada. Intentó acomodarse la camisa, cambiar de mano el helado, peinarse la cabeza, subirse los pantalones, y rascarse la nuca. No lo consiguió. Su mano era un quintento de rectángulos inútiles.

Quinto piso. La mujer de la oficina 3 esperaba su café en la puerta del elevador.

-Muchas gracias.
-¡Hay te manchaste!
-Quédate con el cambio y que te vaya bien.

Escuchó atento con la mano derecha en la espalda, como en una discreta reverencia.