Es una esfera de cristal helada. Viene desde fuera, desde el espacio sideral y se incrusta en lo más profundo de mis entrañas. A su paso por mi interior se desintegra en mil pedazos dejando fragmentos de desolación e inseguridad. Laseraciones, heridas y úlceras incurables.
Al principio era solamente como un gran vacío en el estómago que se podía sentir justo antes de dormir, poco a poco comenzó a crecer. Se apoderó ,sin que me diera cuenta, de prácticamente todos los rincones de mi cuerpo.
Un día, hace no mucho tiempo, comenzaron a aparecer en mi piel los primeros estragos; pequeños, minúsculos fragmentos de cristal que provenían de mi interior que intentaba expulsar como último recurso para descontaminar y sanar lo descompuesto.
Nunca permití que el pánico se apoderara de mí, siempre guarde la tranquilidad, siempre sereno, conciente y analítico. Siempre entero. Comencé a instruirme sobre el tema. Primero sobre meteoritos, ovnis y demás cosas provenientes del espacio. No encontré nada parecido, excepto por algunos testimonios muy convincentes que aseguraban que sus cuerpos habían sido manipulados por seres de otras realidades cósmicas. ¿Será que fui invadido por alguno de ellos…?
Después exploré la posibilidad religiosa… Supe de algunos santos quienes su fe y devoción los llevaban a presentar heridas milagrosas en diferentes partes del cuerpo. Quiza mi maligna esfera estomacal correspondía a mi lanza en las costillas que aceleraba la inevitable carrera hacía el reino del señor.
Entre algunos poetas locos encontré la teoría de la combustión espontánea. Es muy sencilla, se refiere simplemente a que los cuerpos son consumidos por el fuego sin ninguna explicación aparente. Algunos de ellos aseguran que el causante de tales espelusnantes muertes es el calor del alma, el fuego interno de las frustraciones cotidianas de vidas perdidas. Pero nada de esto podía aplicarse completamente a mi situación, lo que yo sentía era frío, un frío profundo y casi constante.
Al ver que con los estudiosos y sabios no podría aclarar nada, no me sorprendí. Sus respuestas no corresponden a los problemas cotidianos de hombres comunes y corrientes. Mucho menos a enfermedades desconocidas que comienzan con una hoja en blanco y terminan con una cantidad inimaginable de idioteces vertidas línea tras línea, párrafo tras párrafo.
A pesar de las líneas, los parrafos y las idioteces, el mal persistía, los fragmentos de cristal, las ulceras, las punzadas, no desaparecían. Intenté, entonces consultar con un psicólogo, no es que tenga mucha confianza en ellos pero me resultan bastante entretenidos e interesantes, y cuando uno se siente así de mal, más vale encontrar una buena diversión para olvidar aunque sea por algunos instantes, el mal que a uno aqueja.
Él aseguraba que mi problema era simplemente mental. Que si mi madre, que si mi padre, que si los guiones preestablecidos, que las herencias psicológicas. Lo más lógico que escuche fue que el dolor provenía de mi inconsiente como reflejo de algún problema que me preocupaba demasiado, algo tan fuerte que hasta lo había olvidado para no sufrirlo tanto. Pero si esto era verdad, si mis dolores venían de adentro, de dónde demonios salían los diminutos cristales que cada mañana debía desenterrar, con cuidado y con unas pincitas, de mi lacerada y sangrante hepidermis.
Las preguntas y el misterio alimentaban mi curiosidad, y mientras en mi cuerpo las heridas se hacían cada vez más evidentes, mi cerebro danzaba como un loco de un lado a otro, divirtiéndose y emocionándose con hisotrias de extraterrestres redentores y terapeutas.
El balance al final de todo, no me deja tan mal parado, malestar corporal a cambio de entretenimiento cerebral, no me parece una mala oferta. Curiosamente aquello que dice mente sana en cuerpo sano, en mi caso se cumplió al revés, así que después de mucho dilucidar y darle vueltas en mi cabeza, terminé por aceptar mi suerte, querer a la esfera de cristal helada y dejar que las ideas se reogocijen como putas en la pus de mis heridas.
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