Saturday, April 21, 2007

SANACION




Todo empieza con una esfera. Una esfera que no existe hasta que la imagino sobre mi cabeza, separada unos milímetros de mi cabello. Flota y tiene un suave movimiento de rotación aleatorio. Se expande y se contráe emitiendo un brillo incomparable.

Mientras inhalo profundamente, cuento hasta ocho para darle tiempo de alcanzar su máximo brillo y su poder absoluto. Cuando mis pulmones están llenos y la esfera en pleno climax, mi mente se pone en blanco, abriéndose de par en par para recibir el objeto recién creado.

Cuatro segundos la mantengo acariciando mis paredes encefálicas, cuatro segundos en los que contengo la respiración, cuatro segundos en los que me olvido de todo, cuatro segundos en los que me vuelvo parte activa de mi entorno, de la naturaleza y del cosmos infinito, los cuatro segundos más largos e importantes de cada día.

Esfera de luz, de salud, de energía. Esfera redentora, indulgente y convincente. Esfera esterilizada, esfera dosificada, esfera manipulada. Instantes de placer que adelantan el abandono total, la inconciencia reconcialiadora y el sueño profundo. Mi curandera de bolsillo, con sabiduría propia, siempre en movimiento.

Exhalo durante ocho segundos más, despacio, sin prisas de nada. El aire no me falta, no me sobra, no me ahoga ni me atociga. El aire sólo me sirve para marcar un ritmo terapéutico. Tiempo suficiente para que la medicina llegue a su lugar, al punto exacto de la infección. Una vez que llega ahí la dejo que haga su trabajo tranquila, cuidadosa y perseverante.

Repito la dosis cuantas veces sea necesaria, una vez por cada herida, por cada dolor, por cada espina. A veces no alcanza a curarme antes de caer dormido, a veces es tanta su influencia que me levanto enseguida y continuo mis actividades ignorando la noche.

Recorre mis ideas, recorre mis huesos, mi piel, mis músculos, mis nervios, mis tendones. Recorre mis articulaciones, mis cabellos, mi sangre, mi aire, mis órganos. Mis sistemas, mis venas, mis arterias, mis sentidos, mi sexo. Recorre también mis sentimientos, mis gozos, mis dolores, mis amores y mis odios. Lo acaricia todo, por dentro y por fuera. Por veinte segundos es yo. Es todo.

Al final regresa a mi cerebro, permanece unos instantes y toma su lugar sobre mi cabello, solamente unos cuantos centímetros de distancia. Poco a poco se desvanece.

Puedo descansar ahora, con el cuerpo, la mente y el espiritu aliviados, invadidos por una presencia reconciliadora, equilibrada y serena. Cierro los ojos y con la seguridad y la fuerza de la fe en mi propio poder, me dispongo a soñar un día más.

Al día siguiente duermo profundamente mientras realizo las actividades que establece el calendario moderno. Comparto mi fortaleza y evito cualquier pesadilla intrusa.

Me curo a mi mismo porque no puedo depositar mi ser en las manos de otro. Soy responsable de mí y del estado en el que me encuentro. Me mantengo en consatante sanación a pesar de la constante destrucción. Nunca hago lo mejor que puedo pero siempre me acerco un poco más.

Pura bondad y sabiduría, no importa si todo ocurre dentro de un pequeño cuarto, no importa si los choques eléctricos no van más allá de las cuatro paredes, no importa nada cuando puedo concentrarme y colocarla sobre mi cabeza, a unos cuantos centímetros de mi cabello.

Así, aunque parezca complicado y absurdo, intento mantener el balance universal entre lo bueno y lo malo.

Sano mi ser, aparezco y desaparezco esferas, me recuesto y me pierdo en un lago donde la lluvia son simplemente pedazos de luna que se deshace de cansancio.

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